Lo veíamos venir, pero no podíamos pensar que se hiciera realidad. En este momento revolotea por el cole una sensación de tristeza, de impotencia y, claro está, de indignación.

A los profesores nos preocupan nuestros alumnos, su estabilidad emocional y su futuro ¿Cómo vamos a actuar? ¿Cómo les vamos a tranquilizar? Con nuestra presencia y nuestro máximo apoyo, con nuestras mejores sonrisas, con nuestras ganas de luchar, con nuestra ilusión y esperanza.

También peligran nuestros puestos de trabajo, algunos podríamos dejar de formar parte de nuestro claustro, nos iremos. Es como si un miembro de nuestra familia tuviera que, forzosamente, abandonar su casa, sin quererlo. Formaremos parte de una familia desestructurada con todo lo que ellos conlleva. Marcharemos llenos de incertidumbre y dolor tras haber trabajado arduamente por nuestros alumnos, tras haber aprendido juntos, y ¿ahora?

Educamos en la diversidad, en la igualdad y en la libertad; en este momento más que nunca, porque no dejaremos de creer en estos derechos, porque los vamos a defender con uñas y con dientes, porque somos comunidad y, por lo tanto, sociedad.